Los problemas de la filosofía conciernen verdaderamente
al ser del hombre, y no del hombre en general, sino de “cada hombre”, en la concreción de su existir, y son apelaciones o
llamamientos que se le dirigen para que se ponga en claro consigo mismo, asuma
sus responsabilidades y tome sus decisiones.
Nicola
Abbagnano: Introducción al Existencialismo
No podría figurarme una imagen más adecuada del Juicio
Universal. La muchedumbre de los humanos —incluso la humanidad entera— está presente,
pero no se ve, porque el juicio concierne a una sola persona, a una sola vida:
esa, precisamente, y no otra. ¿Y de qué modo esa vida, esa persona ha sido
elegida, arrapada, inmortalizada por el ángel del Último Día, que es también el
ángel de la fotografía!
(Giorgio Agambem: Profanaciones)
Acoto aquí
como un hecho significativo que Alexis Caroles nació en El Tigre, a diferencia
de otros cronistas o pseudohistoriadores que han acometido tareas similares. Su
trabajo, más que el de un cronista es el de un periodista que sigue las
orientaciones del lead: ¿Qué?
¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Dónde? ¿Por Qué? Y no puede ser de otra manera. Su trabajo es
un extenso y profundo reportaje transgenérico
que incluye imágenes, interpretaciones y entrevistas. Comenzó recolectando
fotografías y recortes de prensa y, paralelamente, hacía entrevistas o perfiles
biográficos a los personajes que han actuado de alguna manera en la
construcción y consolidación de este pueblo: perfiles magníficos y llenos de
humanidad, que conforman un mosaico-mural escrito de los quiénes son quiénes,
qué hicieron o no hicieron, qué pudieran
aún hacer… Una amiga suya, Gladys Boëtt, psicóloga, lo orientó y ayudó.
Yo
le di el crédito en el libro que ha ido surgiendo poco a poco y que he
estructurado así: 1º. Antecedentes e historia hasta el 2000 (porque no he
querido recoger esta decadencia, no solamente de El Tigre, sino del país: 2º.
El “nacimiento” de El Tigre (no se puede hablar de fundación); 3º. Raíces y
personajes; 4º. Trabajos especiales, que es una recopilación de trabajos hechos
por otros autores sobre El Tigre; 5º. El Tigre: petróleo y desarrollo. 6º.
Cronología de eventos… Sí me propongo escribir posteriormente un capítulo sobre
la situación actual.
Estamos
reunidos en “Mil Hojas”, una
panadería-cafetería que usualmente nos sirve de sitio de encuentro. Sentados
cerca del gran ventanal, vemos pasar el tráfico del sábado. Llueve
intermitentemente: chaparrones con ráfagas son seguidos de lloviznitas menudas.
Luego, el sol reaparece, pero lánguido, con menos intensidad de lo que se
acostumbra en pleno julio. Dentro de la panadería, habitada casi toda por
amigos, cómplices de conversaciones, el ambiente es cálido, pero ruidosos.
Alexis habla en un tono mesurado, y a veces baja tanto la voz que se me pierde,
aunque recupero la información y anoto. A veces, amigos y parroquianos no tan
amigos interrumpen con saludos o comentarios hasta que se dan cuenta de que se
está cumpliendo un rito: una periodista está entrevistando a un personaje.
Reconozco que “Mil Hojas”, aunque se me ha vuelto lugar representativo, no es el adecuado para realizar esta tarea de
registrar la vida y las obras de un hombre. Pero, existencialmente, es el lugar
adecuado porque es allí donde bulle esta parcela de vida de gente vinculada al
rescate y el ordenamiento de una historia que anda desperdigada, y al
fortalecimiento de este pueblo que tantas veces ha agonizado y tantas veces ha
resurgido.
También reconozco que no soy una
periodista “como es usual”. Y quizás con el tiempo de ejercer este oficio, que
ejerzo desde la tiernísima edad de 14 años, cuando seguía cual una cachorrita
los pasos del legendario Américo Fernández, allá, en Angostura, y ejercerlo
además con idénticas cargas de cinismo y conocimiento de sus posibilidades
literarias, han contribuido a hacerme como soy en lo que soy. Y eso ya es
inevitable e inextricable.
I.
La vida
Visiblemente conmovido, él reivindica
la memoria de su abuela paterna, Luisa Calderón. Y era ella en verdad una mujer
notable, que se inició trabajando en el Delta del Orinoco como auxiliar de
enfermería y fue aprendiendo a fuerza de leer, y consultar, y escuchar a sus
mentores, médicos dedicados a la investigación y que practicaban su profesión
con tinte de apostolado. De resultas, Luisa Calderón, dedicada lectora, terminó
siendo partera, oficio que practicó casi hasta su muerte.
De niño, yo pasaba largo tiempo
en la biblioteca de mi abuela. Estaba aprendiendo a leer en la escuela “Santa
Rosalía”, de la maestra Cleotilde Basanta, que orientó y enseñó a varias
generaciones de gente de El Tigre. Eso era en Pueblo Nuevo Norte, cerca de la
Plaza Miranda. También acompañaba a mi abuela, al principio para llevarle el
maletín, cuando iba a atender una parturienta. Y en algunos momentos se dio el
caso de que en la casa del parto no había mujeres y el hombre de la casa o bien
no podía, o no quería, o andaba por la calle buscando algo necesario, y yo
tenía que ayudar a mi abuela en el parto. Y creo que eso me preparó para
ejercer luego como reportero de sucesos, levantando cadáveres y entrando a la
morgue para presenciar procedimientos forenses.
Reivindica también la memoria de su
padre, Juan Valentín Caroles Calderón, trabajador y honrado, pero, sobre todo,
un hombre muy observador de su entorno, un buen lector, porque no podía ser de
otra manera, vista la influencia de la madre y de las tías con las que pasó la
infancia en Caracas. Porque Luisa Calderón, una vez que enviuda de Juan
Caroles, el padre, casa en segundas nupcias con un médico apellidado Machado,
de los Machado caraqueños, y el niño fue enviado a educarse por allá, en casa
de amos del valle.
Mi padre, que nació en 1916,
fue chofer de la compañía petrolera en la segunda mitad de los años 30. Él
manejaba entonces un camión y transportaba suministros (whisky, alimentos
enlatados, harina, aceite, mantequilla, fósforos, medicamentos para tratar
gripes y picaduras de insectos) o insumos propios de las fases de exploración y
explotación, que llegaban al puerto de La Peña. Esos insumos llegaban desde
Ciudad Bolívar y Soledad, adonde recalaban desde Trinidad por el Orinoco. De
esta manera, mi padre fue uno de los fundadores del campo Mata Negra, en
Monagas, y después participó, en 1940, de la construcción del campo San Tomé.
Él era un poeta, un versificador, fundamentalmente oral, porque no tenía tiempo
de sentarse a escribir esos poemas que le llegaban. Era un gran trabajador.
Cuando la actividad petrolera decayó, en uno de esos momentos, se puso a taxear
llevando a los clientes a la Zona de Tolerancia, de noche o de madrugada.
Después constituyó junto a Carlos Wong y un señor de apellido Belloso, la Línea
Mercury.
Anecdóticamente, cuando estaba
trabajando en la construcción de San Tomé, tuvo un inconveniente serio con uno
de los americanos: él amaba apasionadamente a su madre, y, en general, no
toleraba ni que la ofendieran, aunque fuera mínimamente, ni que ofendieran a
nadie en su presencia, nombrándole la madre. Así que ese día hubo un
inconveniente de esos usuales en una construcción y el americano que
supervisaba desde una especie de andamio, le espetó a los obreros: -coñemadre.
El señor Caroles lo increpó, preguntándole por tres veces qué había dicho, y en
todas el americano ratificó el insulto. Entonces, el señor Caroles le dio una
trompada que lo hizo caer del andamio, lo que ocasionó su inmediato despido.
Tiempo después, ya estando en
la línea, le tocó llevar a un cliente desde uno de los bares al campo de la
Schlumberger. Al llegar a la casa, el cliente estaba en tal estado de estupor
borrachero que tuvo que ayudarlo a salir del vehículo y entonces se dio cuenta
de que se trataba del mismo americano del conflicto. Aun así, lo ayudó y lo
trasladó a la casa, donde lo recibió la esposa, sano y salvo. Unos días
después, el americano fue a buscarlo a la modesta sede de la línea y le dejó
sus señas, pidiéndole que fuera a verlo. Así lo hizo: el americano, conmovido por
la honestidad y bonhomía de aquel otro, lo invitó a su casa, lo presentó a su
familia, y le ofreció trabajo en la Schlumberger. Eso fue en 1950 y allí
permaneció hasta 1955, cuando consiguió un empleo mejor en Halliburton, donde
estuvo hasta 1965.
Su madre fue Carmen Mercedes Gascón,
hija de Juan Gascón y Genoveva Mariño. Ella conoció a Juan Caroles en Mata
Negra, adonde había llegado con su padre y la pareja de él, quien la crió. Se
casaron y tuvieron seis hijos, de los cuales cuatro nacieron en El Tigre, allí
mismo, en la casa de Pueblo Nuevo Norte. La señora Carmen era una buena y
famosa costurera. Así que el objeto de esta entrevista, si así puede llamarse a
este texto de impresiones fragmentarias, Alexis Orestes Caroles Gascón, nació
en El Tigre el 26 de diciembre de 1950, y viene de una estirpe de gente
emprendedora, trabajadora, honesta, de la que heredó la voluntad de trabajo y
el gusto por la lectura.
Por lo demás, está muy orgulloso de sus
4 hijos:
Tengo 4 hijos: Elimar
(licenciada en educación actualmente en Lima donde desempeña como Subgerente de
una empresa de fabricación de envases ecológicos con tecnología de punta),
Randolf (ingeniero en sistema con estudios en planificación estratégica,
Superintendente de Hidrocaribe en la zona sur) Alexis José (licenciado en
educación, jefe de planificación y profesor de matemáticas en la UEP Batalla de
Niquitao y en la UE Rojas Paúl, y Manuela Carolina, estudiante de Odontología
en la UGMA, músico académica, excelente cantante y gimnasta).
Y rescata su relación con las mujeres de
su vida:
He tenido 2 matrimonios y 4
relaciones formales con las mujeres mas lindas del mundo por la calidad como
madres, personas y seres humanos. Todas ellas son mis mejores amigas.
II.
La carrera
Después de
la maestra Basanta, Alexis estudió en la escuela Manuel Ezequiel Bruzual desde
el 1º al 3º, en el Instituto Simón Bolívar el 4º y el 5º y el 6º otra vez en la
Bruzual. Salió a los 14 años y comenzó el bachillerato en el Liceo Revenga,
pero las circunstancias económicas le hicieron difícil seguir. Su padre
trabajaba en esos momentos como chofer de su propio bus de pasajeros en
Expresos de La Costa, con unos itinerarios intrincados, y él tomó la decisión
de irse a Caracas, en pos de uno de sus hermanos y de su papá. Allá, a los 15,
comenzó a trabajar de ayudante de cocina en el restaurante del antiguo Terminal
de Pasajeros del Nuevo Circo, esperando a que su padre firmara el permiso,
porque era menor de edad. Y luego pasó a trabajar en otro restaurante, también
por ahí, por la Lecuna, al frente de la Plaza Monumental de Toros. Fue un raro
aprendizaje para un muchacho de su casa y protegido por un muro de lecturas.
En ese último restaurante llegó a
demostrar su capacidad organizativa y el dueño lo apreciaba, pero había allí
conflictos entre el padre y el hijo, así que prefirió alejarse, y, mientras
tanto, tomó un curso de operario de máquinas textiles en la Textilera Gran
Colombia, con tal éxito que le propusieron que: o bien trabajaba para ellos, o
aceptaba un empleo mejor en una empresa filial en Maracay. Dado que allá ya
estaba una de sus hermanas, se fue a Maracay, para encontrarse con que el
gremio textil había iniciado una huelga. Tenía poco más de 16 años. Un amigo de
su hermana y su cuñado le preguntó qué más sabía hacer, por ver de ayudarlo a
conseguir trabajo: -yo sé leer y
escribir, sé redactar y escribo a máquina, de manera que fue recomendado
para trabajar como datero en Radio
Girardot.
Era en el área de sucesos. El
trabajo de un “datero” era ése, precisamente, observar, tomar datos, hacer los
contactos, y pasar esa información a los redactores. Ese trabajo afianzó la
capacidad de observación que me había inculcado mi abuela y me fue fácil
relacionarme con ese medio tan particular que son las policías. Hacía el mismo
trabajo para Radio Apolo y para el diario El Impacto. Y en eso anduve,
aprendiendo, luego redactando, propiamente, hasta 1968, cuando regresé a El
Tigre y me inscribí en el turno de noche del Liceo Briceño Méndez, para
terminar el bachillerato. Yo había intentado varias veces hacerlo a distancia
mientras estaba en Maracay, pero tenía mucho trabajo. Mientras estudiaba,
trabajé de todo: pinté casas, vendí en el mercado, de todo, para ayudar sobre
todo a mi mamá, que cosía, y cosía muy bien, pero se le hacía cuesta arriba
mantener la casa.
En 1969,
el legendario Chemelo, fundador y director de El Expreso, en Ciudad Bolívar, lo
contrató como corresponsal en El Tigre, especializado en el área de sucesos. Y
en 1971, José Luis Tineo fundó Radio Guanipa y lo llama para que dirija el
Departamento de Prensa de esa emisora. Ese mismo año, Chemelo, el periodista
fundador de “El Expreso”, en Ciudad Bolívar, lo compromete para trabajar en Upata y San
Félix, cubriendo la “Huelga de los 414” que fue la huelga más larga de la historia
venezolana. Fue su cobertura uno de los más férreos espaldarazos de un medio de
comunicación a las luchas sindicales de la Zona del Hierro. Posteriormente,
conjuntamente con Ángel Camauta, comienza a realizar una serie de reportajes y
entrevistas de la vida real a los que
llamó “Crónicas de una ciudad entre dos ríos”, y su audaz tratamiento le dio
gran impulso a la circulación del diario. En 1973 regresa a Anzoátegui: trabaja
brevemente en el diario La Prensa, de Puerto La Cruz, y luego vuelve a Radio
Guanipa, en El Tigre, donde ya actúa como reportero radial, y como corresponsal
del Diario de Oriente, de Pto. La Cruz. En 1974, un golpe del destino lo lleva
a iniciar su trabajo con el emblemático diario Antorcha.
En
aquellos tiempos, se hablaba mucho de la desaparición del ganadero Antonio
Segundo Pérez Arriojas y estando yo en la Morgue del Hospital de El Tigre, en
cobertura normal de sucesos, llegaron unos restos humanos que se habían
encontrado accidentalmente, mientras se hacían trabajos de excavación. El
forense de turno me pidió que lo ayudara a la clasificación del material, ya
sabes, huesos y rastros, y al sacudir el pantalón cayó al suelo un pañuelo de
bolsillo con las iniciales bordadas ASPA. Debo decir que ese trajinar sin
problemas por experiencias como ésa también se la debo a mi abuela partera, a
sus libros, que revisé desde la niñez, y a su capacidad de observación, que me
transmitió. Entonces, le dije al médico: -Mira, yo creo que esos son los restos
del ganadero Pérez Arriojas, pues esas son sus iniciales, y después eso se
confirmó. Esa misma tarde, mandé un reporte radial donde informaba que se
habían encontrado los restos, y fue un “tubazo”. Don Edmundo Barrios, el
director de “Antorcha”, llamó a José Luis Tineo para que le permitiera publicar
la información, y José Luis se lo dio, claro. Después, realicé ocasionalmente
otros trabajos para el diario, sobre todo cubriendo la fuente petrolera hasta
donde se podía. Porque en aquellos tiempos, la Mene Grande era muy cerrada.
A partir de 1976, a la par de
cubrir para “Antorcha” el área de información general, asumí la cobertura de
las localidades de El Tigrito y San Tomé. La nacionalización de la industria
petrolera me abrió las puertas en las empresas Meneven, Corpoven y PDVSA y
durante 25 años me interesé en estudiar bien y perfeccionar los conocimientos
integrales de esa industria en todas sus fases operativas y en la relación con
las comunidades adyacentes. Del mismo modo mi relación con sus instituciones y
gremios de profesionales.
En cuanto a mi desempeño en el
Colegio de Periodistas, siempre he estado celosamente vinculado a ese gremio: a
partir del nacimiento en la seccional El Tigre, fui primero secretario de
finanzas, después, de organización, y fui secretario general durante 12 periodos
(probablemente el único en el país durante tanto tiempo) convirtiéndola en la
más importante en el sur de Anzoátegui.
III.
El libro
En
1963, mi padre me llevó a ver los actos del 30 aniversario de El Tigre.
Recuerdo que entonces se hicieron en la avenida España, frente a la Logia
Masónica, donde había un obelisco pequeño y una encrucijada que partía hacia
Ciudad Bolívar, por el sur; hacia el este, la calle Bolívar, y hacia el oeste,
la Plaza Bolívar. Allí estaban Alcibíades Cones, Cleto Quijada y Jesús Subero
en el sitio de honor, y mi padre aprovechó para contarme una vez más cómo eran
aquellos primeros tiempos (los de la década de los 30)
En 1973,
encontré la foto de aquel evento en un archivo de periódico y fue entonces
cuando me dediqué a recoger materiales para escribir la historia de El Tigre a
partir del OG-1.

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