DATOS PERSONALES

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El Tigre (Las Villas), Anzoátegui, Venezuela
Nació en Caracas, el 17 de abril de 1951. Profesora de Castellano, Literatura y Latín, periodista, narradora e investigadora en Literatura Venezolana. Miembro correspondiente de la Academia Venezolana de la Lengua Española desde 2011. Autora de la letra del himno del Municipio Heres, “Cual Cúpula En Flor De Encaje Verde”, Ciudad Bolívar, 1995. Algunas obras publicadas en Narrativa son: “La Casa en Llamas” (1989), “Memorias de una antigua primavera” (1989), “Mata El Caracol” (1991), “El Diario Íntimo de Francisca Malabar” (2003). “Estación y otros relatos” (1986) Ensayos: “Los Signos de la Trama” (1989), “Balza, el Cuerpo Fluvial” (1987), “Tiempo y Muerte en José Balza y Alfredo Armas Alfonzo”, “Alfredo Armas Alfonzo, creador de la Cuenca del Unare”

miércoles, 1 de enero de 2020

DE LA SERIE EN EL BUS


I.

La mujer es joven y robusta (grandes pechos, amplias caderas) y acaba de salir del portón de recién paridas con una criatura modestamente envuelta en cobijita de algodón estampado en rosa. Se monta a duras penas en la perrera, la gente trata de ayudar, le proporciona un puesto. Y ella comienza a quejarse de la situación: muy poquito tiempo en el hospital, no le daban ni agua y tuvo que auxiliarla su compañera de cama, tuvo que conseguir las medicinas. La gente pregunta por su familia (esposo, madre, hermanos) No: nadie. El marido, en Brasil, buscándose la suerte. Una hermana, en Ipiales, en Perú. La madre se quedó en casa cuidando los otros dos guarichos que tiene: uno, de dos años y el otro, de diez meses. –Pero, mujer, le reprochan ¡no esperaste nada! –Bueno, fue por los bonos que me preñé, pero ya no alcanzan para nada.

II.

Le di un ladito en mi asiento a una niñita como de diez años. Morenita, pelo liso y largo, con unos ojos rasgados y tristes, ojeras y ese tinte amarillo-ocre de la desnutrición. Me impresiona su tristeza. La madre es una mujer pequeña y delgada, vestida con unos pantalones cortos de jean y una franela azul. Lleva el cabello, ondulado, largo hasta los hombros y lentes oscuros. Lo que se le ve del rostro está ajado y reseco como una hoja, y ya en el cuello se le notan los pliegues de la incipiente vejez. Cuando el bus comienza a rodar, se escucha música de merengue. Y la mujer se va volviendo como poseída: la expresión se pierde, se va hacia otros tiempos, seguro más felices, mientras canta las canciones y se mueve rítmicamente al son de la música: la observo porque me impresiona esa capacidad de abstracción que la hace ignorar todo lo demás. Ella, a veces, se levanta la cabellera a la altura de la nuca mientras sigue moviéndose, bailando. La niña se para en un momento dado para recordarle que se acerca la parada. Luego, bajan las dos, roto ya el hechizo brevísimo del merengue para ellas.

III.

Entra una pareja en la camioneta-transporte-de-pasajeros. No es un bus propiamente dicho, aunque cumple las funciones y en la parte trasera, en precarios bancos, nos vamos apiñando. La pareja es extraña: al principio, parecen ser un abuelo y su nieta: un hombre pequeño, de carnes correosas, no demasiado flaco, calvo, y una muchachita de unos doce o trece años, amarillenta y ojerosa. Luego, observo que el viejo acaricia el cuello y los hombros de la muchachita mientras lanza miradas alrededor. Miradas de triunfo lascivo y me repugna hasta la náusea. Los otros pasajeros fingen no darse cuenta. De hecho, yo misma finjo abstraerme en mis asuntos, pero pienso ¿qué situación llevó a esa niña a aceptar los manoseos de ese viejo asqueroso? ¿fueron sus padres los que la empujaron, fue su decisión, para paliar el hambre y la necesidad? La camioneta arranca y unas paradas más allá, la muchachita toca el timbre. El viejo le entrega un manojo de billetes nuevecitos, recién sacados de algún cajero automático. Ella no los cuenta. Se baja.

IV.

De súbito, la mujer se desgaja en un llanto desesperado. Es incómodo. El bus va casi vacío hoy, por el asueto, que hace que la gente prefiera quedarse en casa y no gastar el efectivo que ha conseguido trabajosamente en largas y tediosas colas. La mujer es aún joven: sus cabellos son negros y los lleva bien peinados, recogidos en una cola de caballo, su tez, blanca enrojecida por el sol, se resalta con el rojo pintalabios. Corpulenta, ella, se ve sana y ahora está descompuesta por el llanto, que los demás no entendemos. Personalmente, no sé cómo involucrarme y consolarla, pues aunque estoy en un asiento cercano al que ella ocupa, me llena de pudor la desnudez de su aflicción. Ella comienza a hablar apresuradamente: esa mañana, estuvo a punto de matarse y matar a sus dos hijos, de 7 y 9 años. El marido partió hace un año en busca de la vida, como tantos, y después de seis meses viviendo de refugio en refugio, durmiendo en el suelo, desconfiando de todo, temeroso de la violencia, por fin consiguió un trabajo más o menos estable. Comenzó a enviar dinero con regularidad, lo que alivió la carga de la manutención, que ella había afrontado vendiendo sus cosas: primero, la ropa que no usaba, luego, los electrodomésticos, finalmente, se empleó como ayudante de una costurera. Durante cuatro meses, todo pareció arreglarse. Luego, comenzaron las demoras: que si tuvo que alquilar y comprar enseres, que si ahora tenía más gastos, que si me ha sido difícil, gorda, y luego te mando. Ahora, por un mensaje de texto, le dijo que había encontrado a otra, que se arreglara como pudiera, que él tenía que mirar por su felicidad.

V.

La pareja es joven. Muy joven. La muchacha carga a una bebé de unos seis meses. La bebé es morena y lleva el pelo organizado en varias colitas adornadas con gomas de colores. Luce bien: piel tersa y brillante, cuerpo regordete. La madre observa que la observo y sonríe. Estamos en la parada terminal, cerca del muro del antiguo cine. El padre , vestido con unos jeans desteñidos y muy rotos y parcheados y una franela amarilla de manga larga, es alto y flaco y lleva el bolso de los pañales, uno rosado con muñequitos. El bus tarda en estos tiempos sin gasolina abundante y la fila va alargándose. La muchacha se agacha en la acera y comienza a amamantar a la bebé. Ella lleva unos pantalones verdes de tela y una blusa morada, menos desastrada que su marido. Ambos llevan sandalias de baño.




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