I.
La mujer es joven y robusta
(grandes pechos, amplias caderas) y acaba de salir del portón de recién paridas
con una criatura modestamente envuelta en cobijita de algodón estampado en
rosa. Se monta a duras penas en la perrera, la gente trata de ayudar, le
proporciona un puesto. Y ella comienza a quejarse de la situación: muy poquito
tiempo en el hospital, no le daban ni agua y tuvo que auxiliarla su compañera
de cama, tuvo que conseguir las medicinas. La gente pregunta por su familia
(esposo, madre, hermanos) No: nadie. El marido, en Brasil, buscándose la
suerte. Una hermana, en Ipiales, en Perú. La madre se quedó en casa cuidando
los otros dos guarichos que tiene: uno, de dos años y el otro, de diez meses.
–Pero, mujer, le reprochan ¡no esperaste nada! –Bueno, fue por los bonos que me
preñé, pero ya no alcanzan para nada.
II.
Le di un ladito en mi asiento a una
niñita como de diez años. Morenita, pelo liso y largo, con unos ojos rasgados y
tristes, ojeras y ese tinte amarillo-ocre de la desnutrición. Me impresiona su
tristeza. La madre es una mujer pequeña y delgada, vestida con unos pantalones
cortos de jean y una franela azul. Lleva el cabello, ondulado, largo hasta los
hombros y lentes oscuros. Lo que se le ve del rostro está ajado y reseco como
una hoja, y ya en el cuello se le notan los pliegues de la incipiente vejez.
Cuando el bus comienza a rodar, se escucha música de merengue. Y la mujer se va
volviendo como poseída: la expresión se pierde, se va hacia otros tiempos,
seguro más felices, mientras canta las canciones y se mueve rítmicamente al son
de la música: la observo porque me impresiona esa capacidad de abstracción que
la hace ignorar todo lo demás. Ella, a veces, se levanta la cabellera a la
altura de la nuca mientras sigue moviéndose, bailando. La niña se para en un
momento dado para recordarle que se acerca la parada. Luego, bajan las dos,
roto ya el hechizo brevísimo del merengue para ellas.
III.
Entra una pareja en la
camioneta-transporte-de-pasajeros. No es un bus propiamente dicho, aunque
cumple las funciones y en la parte trasera, en precarios bancos, nos vamos
apiñando. La pareja es extraña: al principio, parecen ser un abuelo y su nieta:
un hombre pequeño, de carnes correosas, no demasiado flaco, calvo, y una
muchachita de unos doce o trece años, amarillenta y ojerosa. Luego, observo que
el viejo acaricia el cuello y los hombros de la muchachita mientras lanza
miradas alrededor. Miradas de triunfo lascivo y me repugna hasta la náusea. Los
otros pasajeros fingen no darse cuenta. De hecho, yo misma finjo abstraerme en
mis asuntos, pero pienso ¿qué situación llevó a esa niña a aceptar los manoseos
de ese viejo asqueroso? ¿fueron sus padres los que la empujaron, fue su
decisión, para paliar el hambre y la necesidad? La camioneta arranca y unas
paradas más allá, la muchachita toca el timbre. El viejo le entrega un manojo
de billetes nuevecitos, recién sacados de algún cajero automático. Ella no los
cuenta. Se baja.
IV.
De súbito, la mujer se desgaja en
un llanto desesperado. Es incómodo. El bus va casi vacío hoy, por el asueto,
que hace que la gente prefiera quedarse en casa y no gastar el efectivo que ha
conseguido trabajosamente en largas y tediosas colas. La mujer es aún joven:
sus cabellos son negros y los lleva bien peinados, recogidos en una cola de
caballo, su tez, blanca enrojecida por el sol, se resalta con el rojo
pintalabios. Corpulenta, ella, se ve sana y ahora está descompuesta por el
llanto, que los demás no entendemos. Personalmente, no sé cómo involucrarme y
consolarla, pues aunque estoy en un asiento cercano al que ella ocupa, me llena
de pudor la desnudez de su aflicción. Ella comienza a hablar apresuradamente:
esa mañana, estuvo a punto de matarse y matar a sus dos hijos, de 7 y 9 años.
El marido partió hace un año en busca de la vida, como tantos, y después de
seis meses viviendo de refugio en refugio, durmiendo en el suelo, desconfiando
de todo, temeroso de la violencia, por fin consiguió un trabajo más o menos
estable. Comenzó a enviar dinero con regularidad, lo que alivió la carga de la
manutención, que ella había afrontado vendiendo sus cosas: primero, la ropa que
no usaba, luego, los electrodomésticos, finalmente, se empleó como ayudante de
una costurera. Durante cuatro meses, todo pareció arreglarse. Luego, comenzaron
las demoras: que si tuvo que alquilar y comprar enseres, que si ahora tenía más
gastos, que si me ha sido difícil, gorda, y luego te mando. Ahora, por un
mensaje de texto, le dijo que había encontrado a otra, que se arreglara como
pudiera, que él tenía que mirar por su felicidad.
V.
La pareja es joven. Muy joven. La
muchacha carga a una bebé de unos seis meses. La bebé es morena y lleva el pelo
organizado en varias colitas adornadas con gomas de colores. Luce bien: piel
tersa y brillante, cuerpo regordete. La madre observa que la observo y sonríe.
Estamos en la parada terminal, cerca del muro del antiguo cine. El padre ,
vestido con unos jeans desteñidos y muy rotos y parcheados y una franela
amarilla de manga larga, es alto y flaco y lleva el bolso de los pañales, uno
rosado con muñequitos. El bus tarda en estos tiempos sin gasolina abundante y
la fila va alargándose. La muchacha se agacha en la acera y comienza a
amamantar a la bebé. Ella lleva unos pantalones verdes de tela y una blusa
morada, menos desastrada que su marido. Ambos llevan sandalias de baño.
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